Casas de alguien
Publicado en la revista Linia XARXA el 8 de febrero de 2022
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Foto cedida
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“Hay lugares que hacen de nosotros lo que somos…”, se decía en la premiada película Mystic River (2004), de Clint Eastwood, protagonizada por Sean Penn y Tim Robbins.
Y es que las personas echamos raíces en nuestros lugares de origen, nos hacemos de ellos y, a la vez, el lugar nos moldea. De la misma forma que el lenguaje, su gramática y su etimología estructuran el pensamiento de manera diferente en cada idioma, los lugares donde crecemos y habitamos a lo largo de nuestra vida construyen nuestra manera de ver el mundo y de asimilarlo día tras día.
En una poco original experiencia proustiana, uno de los lugares que más intensamente me formó durante la infancia —imagino que como a mucha gente— fue la casa de mi abuela.
Vivía en una encantadora casa del Eixample barcelonés, en el paseo de Sant Joan. Es una calle amplia, peculiar, con mucho carácter. Une el Monumento a Mossèn Cinto Verdaguer con la plaza de Tetuan, el Arco de Triunfo y el Parque de la Ciudadela, lo que le confiere un aire señorial, distinto de las otras calles de la ciudad.
Recuerdo la casa larga, profunda y fresca. De entrada oscura y misteriosa, al fondo se descubría vida a ambos lados. A la izquierda, asomaba frente a la Iglesia de San Francisco de Sales, junto al colegio de los Maristas. Y a la derecha, daba al patio interior de manzana, más íntimo y tranquilo, donde solía estar mi abuela cosiendo en la galería. Podría reproducir de memoria los dibujos de las baldosas del suelo, aquellas que, al pasar frente a la cocina, se movían con un sonido característico, avisándola de que alguien se acercaba por el pasillo.
Recuerdo sus canarios. Hoy casi nadie tiene canarios en casa. Mi abuela solía tener siempre seis o siete, que inundaban el aire con sus interminables cantos. El sol mediterráneo entraba por las vidrieras de la galería, levantando una exuberante naturaleza entre las macetas. Mi abuela se sentaba en el balancín, conectada con ese mundo de armonía que había ido construyendo con el paso del tiempo.
Seguramente, muchos de los lugares que asociamos con la belleza, la paz o el equilibrio están relacionados con nuestras vivencias. Un lugar nos resulta agradable porque lo comparamos, consciente o inconscientemente, con nuestras experiencias y aprendizajes previos. Construimos nuestra escala de valores y nuestra dependencia emocional con las casas que habitamos.
La desaparición forzosa del lugar donde vivimos supone un trauma emocional que va más allá de una simple pérdida material.
Jorge Luis Borges explicaba que todo lo que escribió lo había leído en poco más de una veintena de libros de la biblioteca familiar. Confesaba que estos eran sus únicos referentes y que acababa, inevitablemente, volviendo a ellos cada vez que iniciaba un nuevo relato.
En este sentido, la desaparición forzosa del lugar donde vivimos supone un trauma emocional que va más allá de una simple pérdida material. Es algo que podemos observar en las catástrofes naturales, incluso en aquellas donde no hay víctimas. Establecemos un vínculo profundo de dependencia con esos muros, con lo que hemos vivido entre ellos. No hay muchas diferencias con las personas que se ven obligadas a abandonar su casa por no poder afrontar el pago del alquiler o la hipoteca. Organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) o el Sindicato de Inquilinos viven diariamente situaciones emocionales límite, sin duda motivadas por la vulneración del derecho básico a tener un lugar donde vivir, pero aumentadas también por el desarraigo que supone dejar tantos recuerdos de su hogar actual.
Mi abuela estuvo siempre de alquiler en aquella casa, hasta que murió con casi cien años. Crió a nueve hijos prácticamente sola, porque mi abuelo murió joven.
Una carta del propietario comunicó que el contrato se extinguía con la muerte de mi abuela y que una de mis tías, que siempre vivió con ella, debía abandonar, con ochenta años, la única casa que había conocido. Más allá de la complicación logística que aquello auguraba, lo que verdaderamente generó un sentimiento de tristeza y de pérdida irreparable fue la desaparición del hogar familiar del imaginario de nuestras vidas. Todas aquellas vivencias solo quedarían en el recuerdo, sin un lugar donde rememorarlas, sin unos espacios donde revivirlas.
Un hecho que, por cotidiano y aceptado, no deja de ser violento. Un propietario legal que exige su casa y el derecho a explotarla a un precio más alto, y una familia “propietaria” que la habita y reclama también su casa y sus recuerdos, “si es que hay”, como nos cantaba Jaume Sisa, “casas de alguien”.
En un mundo cada vez más poblado y con mayores desigualdades sociales, se hace más urgente un pacto por la vivienda que no solo facilite su acceso, sino que lo haga con voluntad de estabilidad y permanencia. Un pacto que cuide y reconozca el papel fundamental que juegan nuestras casas en nuestra educación y en el bienestar emocional de las personas.
Esa estabilidad debe garantizarla nuestros gobiernos, manteniendo y haciendo crecer el parque de vivienda pública. El suelo es un bien finito que se agota, y no puede destinarse a la venta si se quiere hacer frente a la demanda de vivienda de cada nueva generación. La vivienda pública no debe ser de nadie. Es de todos.