La memoria del Poblenou
Publicado en la revista Linia XARXA el 28 de noviembre de 2022
![El Parque del Poblenou, en Barcelona. “El Parque del Poblenou es uno de los espacios verdes [...]](https://hazarquitectura.com/wp-content/uploads/2023/04/ParcPoblenou.jpg)
El Parque del Poblenou, en Barcelona.
El Parque del Poblenou, en Barcelona.
“El Parque del Poblenou es uno de los espacios verdes olímpicos, ya que fue inaugurado en 1992. Este espacio público de 11,92 hectáreas actúa como puente de conexión entre el núcleo antiguo del barrio del Poblenou y el mar. En su recorrido pasa de ser un parque de carácter urbano situado al lado del núcleo edificado a ser una zona de dunas, menos poblada de árboles y arbustos a medida que se acerca al mar. Recoge un bosquecillo de pinos alrededor de la zona de juegos. Su peculiaridad se completa con las áreas deportivas que se encuentran cerca, a un nivel inferior, y con un pequeño jardín donde crecen olivos, algarrobos y alguna higuera, árboles inequívocamente mediterráneos.”
Esta breve pero elocuente explicación la podemos encontrar en uno de esos carteles verdes de los parques, que poca gente lee, cuando cruzamos los difusos límites del Parque del Poblenou, situado entre las calles Bilbao y Llacuna y entre la ronda Litoral y el mar.
Siempre me ha gustado este lugar. Es de los pocos sitios de Barcelona donde se oyen pájaros a pesar de los coches y el ruido de la ciudad. Siempre huele a pino, tostado por el sol implacable, o húmedo, después de la lluvia. El ambiente, efectivamente, es inequívocamente mediterráneo y me trae recuerdos de la infancia, de cuando veraneaba con mi familia en Blanes. Recuerdo algunas tardes cuando nos escapábamos a la cala Sant Francesc y cocinábamos sardinas al fuego hasta bien entrada la noche.
Este Mediterráneo, el de la Costa Brava, con los pinos salpicados ascendiendo desde el mar por los acantilados, forma parte del imaginario común de todos los barceloneses y de los catalanes. Y también el de los arroyos del Maresme, con masas de cañaverales moviéndose acompasadamente con el viento. Y el de las dunas, los humedales de los ríos y los campings del Llobregat, luchando por un sitio junto a los aviones y las torres de control.
Cada vez que paso cerca del Parque del Poblenou tengo una fugaz sensación de felicidad. Son los pinos. Los pinos que crean una sombra con alfombra de piña, que tiñen de resina el aire y que me conectan con la tierra y con el Mediterráneo durante un breve espacio de tiempo.
El cartel de la entrada del parque es un extracto de la documentación escrita que suele acompañar los proyectos de arquitectura y urbanismo y que recibe el nombre de ‘Memoria’. Es una parte a la que normalmente no tiene acceso el público y a la que, muchas veces, los arquitectos no le damos la importancia que merece. Justifica la actuación a nivel normativo, pero contiene una parte importante que motiva las decisiones estratégicas que se han ido tomando con el proyecto, sean de tipo técnico, patrimonial o cultural. Podríamos decir que explica por qué lo hemos hecho así.
Nuestras ciudades costeras deben albergar más parques del Poblenou para transitar hacia una nueva realidad climática
Lo que es destacable es que se llame ‘Memoria’, precisamente aquello que el espacio vivido consigue remover cada vez que estamos allí. La memoria de un lugar, el lugar común de todos nuestros recuerdos y de todos los eventos que han dejado huella, es la idea principal que guía el proyecto y que los autores quisieron mantener. Preservar la memoria de un lugar es leer las huellas que cuentan su génesis y que permiten comprender su realidad hoy y que dejan el legado para mañana. Por encima de normativas y restricciones de todo tipo, que seguramente habrán condicionado muchas decisiones, la memoria sigue manteniendo un valor preeminente en el relato del proyecto, del lugar, del paisaje.
El Parque del Poblenou ha sido capaz de crear una atmósfera de parque urbano y de sistema de protección del litoral marítimo. Es sintomático que, detrás de la gran duna que se alza frente al mar protegida por un gran cañaveral, se localice la única playa nudista de toda la ciudad, como si allí sus usuarios encontraran un rincón protegido por la naturaleza, a salvo de miradas curiosas.
Es también un espacio necesario frente a la costa en un clima que, irremediablemente, debemos aceptar que está cambiando. Un espacio de prudencia, de negociación con el mar que, a ratos, reclamará como suyo y, a ratos, nos dejará usarlo. También es una oportunidad de reconciliarnos con el ritmo de la naturaleza, con el cambio permanente de las cosas y con la estacionalidad. Recuperar una vida más tranquila y menos artificial.
Bien lo saben nuestros vecinos franceses de Bretaña y Normandía, o los marineros gallegos y vascos. La vida, allí, sigue el compás de las mareas, marcando los ritmos y los ritos de las actividades humanas. Nuestro Mediterráneo, sin embargo, nos ha dado, durante siglos, una estabilidad duradera que hemos tomado como eterna, situando ciudades, carreteras y ferrocarriles a escasos metros de las orillas y que hoy tienden a desaparecer.
El Parque del Poblenou, estirando de memoria, ocupa el espacio de grandes playas de vías de tren de la Barcelona preolímpica. Restituye una memoria del lugar, previa a esta ocupación, recreando el paisaje natural del Barcelonès, del Maresme o del Baix Llobregat y que es tan útil frente a los embates del mar. Un lugar de sedimentación de arroyos, dunas, cañas y barro que todos reconocemos fácilmente como algo que nos pertenece. Un paisaje que recupera y preserva el carácter inequívocamente mediterráneo de la ciudad.
Nuestras ciudades costeras deben albergar más parques del Poblenou para transitar hacia una nueva realidad climática, pero también para facilitar un cambio social inaplazable, más acorde con el ritmo de nuestro planeta. Un paso atrás necesario, para restablecer una relación con el mar olvidada en algún lugar de nuestra memoria.