Arquitecturas sin lugar

Publicado en la revista Comunicació21 el 15 de abril de 2024

La sensación de desánimo que ha producido en el despacho [...]

Proyecto no realizado de reforma de una escuela infantil en Barcelona. Dibujo del autor

Proyecto no realizado de reforma de una escuela infantil en Barcelona. Dibujo del autor

La sensación de desánimo que ha producido en el despacho la reciente pérdida de un importante proyecto de arquitectura, después de todo el esfuerzo, el tiempo y la ilusión que habíamos depositado, me ha llevado a la memoria una antológica exposición del año 2009 en el Centro de Artes Santa Mònica de Barcelona titulada Arquitectures sense lloc (Arquitecturas sin lugar).

La muestra reunía, en un mismo espacio, 200 maquetas y proyectos de autores distintos que nunca fueron construidos o que ya no existían. Según premios de concursos, encargos no realizados y obras desaparecidas. El título, sin duda, evocaba ese sentimiento de nostalgia que produce saber que lo que alguien imaginó y planificó nunca verá la luz.

Juan Luis Arsuaga, paleoantropólogo y director de las excavaciones de los yacimientos de Atapuerca, habla con pasión de la capacidad de imaginar del hombre de Cromanyó, nuestro antepasado más directo. Según explica, fue la diferencia más notable hacia el hombre de Neandertal; la característica que finalmente hizo que fuera su descendencia la que se impusiera. Cromanyó soñaba y era capaz de crear imágenes mentales de una realidad inexistente, desarrollando una inteligencia simbólica más avanzada que la de Neandertal. Esto le permitió planificar y compartir proyectos o pensamientos abstractos que contaban con el apoyo de la comunidad de forma incondicional hasta su consecución. Una capacidad y una ambición imbatibles frente a las demás especies.

Arquitectures sense lloc ponía en evidencia ese legado genético que recibimos hace una eternidad y que todavía nos sigue distinguiendo entre los demás seres vivos: nuestra imaginación. Los seres humanos habitamos el mundo presente mientras nos inventamos el futuro. A través del dibujo y de la representación abstracta, la imaginación humana es capaz de vivir estos espacios, de reconstruirlos, al igual que un músico es capaz de escuchar la música escrita en una partitura. Invertimos cantidades enormes de energía en diseñar mundos de ficción que serán nuestro hábitat de mañana. Quizás por eso, no ver realizados nuestros proyectos nos genera una frustración que nos cuesta digerir. Es tanto como renunciar a un futuro que habíamos diseñado meticulosamente.

Estas ideas valen muy poco o nada. La cultura del ladrillo pone precio sólo a lo que se construye

Sin embargo, la muestra del Centro de Artes Santa Mònica escondía una cara menos evidente que la de la simple nostalgia o la decepción.

Lo cierto es que los arquitectos concebimos muchos más proyectos que los que finalmente se hacen realidad. No hemos sabido encontrar otra forma de convocar muchas ideas para poder escoger entre ellas, y eso era algo que en la exposición saltaba a la vista. El problema es que, en nuestro país, estas ideas valen muy poco o nada, y aquí es donde reside el verdadero desánimo. La cultura del ladrillo pone precio sólo a lo que se construye.

Podríamos decir que un despacho con cierto éxito en la competición en concursos de arquitectura logra ganar entre un 10 y un 20% de los proyectos en los que participa. Esto es lo mismo que decir que pierde entre 80 y 90 de cada 100 de los que concursa, y eso requiere emplear mucha energía, pero también mucho dinero que no recibe.

Nuestros vecinos franceses, suizos o alemanes lo tienen claro: las ideas iniciales han servido para emitir juicio de valor. Forman parte intrínseca de la construcción del edificio, una parte más a pagar. Allí, un despacho con poca obra construida pero acostumbrado a presentar sus ideas en concursos o procesos participativos es capaz de subsistir económicamente de forma digna. Lo contrario es fomentar la precariedad en el sector. Colaboradores mal pagados e incapacidad para invertir en avances tecnológicos o una necesaria formación continua si queremos ser competitivos y afrontar retos como la adaptación al cambio climático o la incorporación de la inteligencia artificial en los procesos de diseño. Que nuestras ideas no se conviertan en ladrillos no significa que no valgan nada.

Es necesario un cambio de paradigma en el que administraciones públicas y colectivos profesionales como el Colegio de Arquitectos y otros ámbitos creativos establezcan las bases de un sistema que reconozca el valor que aportan las ideas en el proceso de diseño.

Un sistema más justo en el que no ganar no sea sinónimo de perder.