Célula de Vitabilidad
Publicado en la revista Linia XARXA el 3 de Marzo de 2022
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Niños ayudando en la construcción del alcantarillado de Roquetes, en 1964. Foto cortesía de @retronoubarris_bcn
Niños ayudando en la construcción del alcantarillado de Roquetes, en 1964. Foto cortesía de @retronoubarris_bcn
La mirada de los niños nos devuelve, muchas veces, el sentido más sencillo y esencial de las cosas. Ocurre con los objetos, por ejemplo, cuando les dan un uso inesperado, o con el lenguaje, cuando atribuyen un significado erróneo a una palabra, por similitud o intuición.
Una vez recibí un mensaje de mi hija pequeña que decía: “Papá, dice mamá que te acuerdes de la ‘célula’ de ‘vitabilidad’ de Gemma”. A veces, reconozco que no corrijo estos errores de mis hijos; siento que dejarán de ser pequeños y me contengo, en un intento estéril de detener el tiempo.
La cédula de habitabilidad, a la que se refería, es un documento que a la mayoría de la gente le sonará. Se ha convertido en un certificado necesario para la compraventa de pisos o el alquiler de una vivienda. Ha perdido todo su valor y su sentido original, si es que alguna vez lo tuvo, si miramos el precio ridículo por el que se ofrece en el mercado, lo que lo convierte en un simple papel, la mayoría de las veces hecho con poco rigor, con el único propósito de pasar el trámite burocrático.
Sin embargo, el equívoco en las palabras, además de una sonrisa, abre una reflexión más profunda de lo que parece. La vivienda de nuestra amiga Gemma no está nada mal. Cumple, con creces, los requisitos mínimos que dicta el Decreto de Habitabilidad. Es un ático grande, con dos terrazas, razonablemente bien orientado y ventilado, con salas y habitaciones amplias y dos baños. Nadie rechazaría un piso así de entrada. Pero ella no quiere vivir allí.
El barrio, dice, es solitario. Tuvo un rápido crecimiento y aún no han construido ninguna escuela cerca. Está harta de llevar a su hija a los barracones y, viendo cómo van las cosas, teme que acabará estudiando allí toda la Primaria. Tampoco hay ningún centro de salud y no han abierto ninguna tienda de comestibles o una panadería. La más cercana está a cuatro calles, y confiesa que le da miedo volver sola porque no hay mucha gente por la calle. El piso es habitable, pero al barrio le falta vida.
El actual Decreto de Habitabilidad es una ley de mínimos de muros hacia dentro, tal como el mismo título declara sin rodeos. De su redacción se deduce que se pretende acotar los abusos y las artimañas que muchos propietarios hacen para hacer pasar por vivienda algo que el sentido común dice que no lo es.
No es una ley que trate recomendaciones de diseño para mayor confort, ni tampoco que hable de las vistas que tendremos desde nuestra ventana. De hecho, las vistas que importan al Decreto son las que puedan tener los viandantes de nuestra ropa tendida. Como diría Rigoberta Bandini, no sé por qué tanto miedo a nuestras bragas; sin ellas no habría humanidad en nuestras ciudades mediterráneas.
Necesitamos un nuevo Decreto de Vitabilidad que vigile la habitabilidad de nuestra casa, pero también la vitalidad de nuestros barrios.
Es cierto que hay otras leyes y planes que se ocupan de “programar”, así lo llaman, el territorio y el crecimiento de las ciudades. Pero eso no impide que, cumpliendo los mínimos que dicta el Decreto de Habitabilidad, una vivienda pueda considerarse como tal en un barrio sin escuelas ni panaderías. El problema es, muchas veces, acompasar el crecimiento residencial y los planes urbanos.
Con las oleadas migratorias de los años 1950-1960 llegaron a Cataluña, y más intensamente a Barcelona, miles de personas procedentes del sur de España que querían trabajar y establecerse. Se crearon decenas de “polígonos” residenciales para hacer frente a lo que se denominó “emergencia residencial”.
El polígono del suroeste del Besòs, Canyelles, la Guineueta… La emergencia fue tan grande que en muchos lugares los edificios llegaron antes que las calles, y así permanecieron durante muchos años. Es emocionante escuchar a los vecinos de la calle Mina de la Ciudad, en el barrio de Roquetes, contar cómo unieron sus fuerzas para construir con sus propias manos la alcantarilla central de la calle, dedicándose a ello cada día al salir de sus trabajos. Las fotos de aquella gesta son un libro abierto de historia de la ciudad. Historia de la de verdad. Hoy estos barrios tienen alcantarillas, autobuses y escuelas gracias a la unión y la lucha de sus vecinos y vecinas; los planes llegaron después.
Alguien podría pensar que esto ya no ocurre, pero no hace mucho se bautizó con el nombre de “crisis inmobiliaria” el abuso de construir anualmente más viviendas que Francia, Alemania e Italia juntas. Y todos recordamos hectáreas de viviendas sin colegios, centros de salud o transporte en Buniel o en Sanchinarro, por poner algún ejemplo, hoy abandonadas porque allí no hay quien viva.
La habitabilidad, entendida en su significado más básico, es la capacidad que tiene un lugar para ser vivido de manera sostenida y confortable, y eso también debería implicar a los barrios de nuestras ciudades. Barrios que tengan colegios, centros deportivos o casas de cultura a una distancia razonable de casa y que promuevan el abandono del coche por falta de necesidad más que por represión. La Ley de Barrios que promulgó la Generalitat hacia el año 2004 y que acertadamente el Ayuntamiento de Barcelona ha hecho suya ya va en la dirección de eliminar estas carencias de los barrios. Es una ley reparadora. Pretende arreglar lo que no se hizo bien desde el principio.
Sin embargo, el Decreto de Habitabilidad es central en este debate. No debería quedarse encerrado entre los muros de la vivienda, ya que juega un papel fundamental en el desarrollo de nuevos barrios y en la reparación de los existentes.
Un enfoque más holístico del decreto, que recoja el espacio existente entre las habitaciones de la casa y los espacios del barrio. Una ley donde las vistas, las escuelas o las panaderías encuentren su lugar. De la misma manera que no viviríamos en una vivienda sin inodoro o sin enchufes, no deberíamos admitir vivir en un barrio donde el colegio lo construyan cuando nuestros hijos ya sean mayores.
Una ley de máximos, no de mínimos. Y esto no tiene nada que ver con los metros cuadrados. Un decreto que vigile la habitabilidad de nuestra casa, pero también la vitalidad de nuestros barrios. Un nuevo Decreto de Vitabilidad.