Ciudad lavadero
Publicado en la revista Línea XARXA el 17 de enero de 2024
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Lavadero público en Vilavella (Castelló, 1955). Foto: Archivo fotográfico Enric Escrig
Lavadero público en Vilavella (Castelló, 1955). Foto: Archivo fotográfico Enric Escrig
Recuerdo que, de pequeño, mi abuela me subía a la mesa del comedor en la casa del paseo de Sant Joan, en Barcelona, para tomarme el bajo del pantalón. La misma mesa en la que habíamos comido, donde se tomaba el café y donde yo hacía los deberes de la escuela por las tardes.
Con la ayuda de algunas de mis tías, me iban dando vueltas como un expositor de postales, colocando agujas, marcando con yeso la ropa y haciendo los primeros repuntes, alguno en los tobillos –”Es que te mueves” –, mientras charlaban animadamente de los distintos asuntos familiares. Era un ambiente exclusivamente matriarcal donde se compartía todo tipo de chismes y confesiones y al que yo, como hombre, tuve el privilegio de asistir sólo porque era pequeño.
En el libro Sàpiens. De animales a dioses, su autor Yuval Noah Harari afirma que cotillear nos ha hecho humanos. Las personas, dice, somos por encima de todo seres sociales que compartimos redes de confianza para sobrevivir y cooperar. Es cierto que nos comunicamos para transmitirnos conocimientos y datos objetivos, pero con mucha más frecuencia lo hacemos para tejer una maraña de chismes que nos permiten saber quién odia quién, quién es honesto o quién es un tramposo.
La palabra cotilleo tiene su origen en una voz árabe que, en catalán, deriva precisamente del lugar público de pueblos y ciudades donde antiguamente las mujeres lavaban la ropa: el lavadero. Como estelas en el mar, la etimología nos muestra de forma nítida el camino que las palabras han recorrido hasta llegar a nosotros.
Hacer lavadero alude a esta necesaria acción social de explicar los rumores, sospechas de infidelidad o palabrería. En los lavaderos, las mujeres, principalmente, han reforzado los vínculos comunitarios y han tejido otros nuevos, estableciendo redes de comunicación y de conocimiento individual y colectivo. ¿Qué es hacer ciudad si no?
Los lavaderos de las ciudades, visto así, han sido una auténtica ágora política en la que se trataban asuntos de vital importancia para la vida en comunidad. En palabras de la activista y antropóloga Yayo Herrero, las cosas que verdaderamente sustentan la vida. Cosas, explica Herrero, que tradicionalmente han hecho las mujeres, como lavar, cocinar o cuidar a los niños, la gente mayor o los enfermos.
Las ciudades, como las personas, tienen una cara pública y una privada. Una vida por mostrar y otra por esconder, haciendo invisibles, muchas veces, las acciones que verdaderamente hacen posible la vida
Las ciudades, como las personas, tienen una cara pública y una privada. Una vida por mostrar y otra por esconder, haciendo invisibles, muchas veces, las acciones que verdaderamente hacen posible la vida, lo ordinario, lo común. Una fachada a la calle y otra oculta, doméstica dicen algunos, como si las cosas domésticas no fueran lo que da sentido a la ciudad. Como explicaba Javier Pérez Andújar en un artículo de prensa hace varios años, “Barcelona es una ciudad de comunidades casi simétricas, con escaleras donde se extiende la ropa por la que no se ve y se ponen banderas por donde se ve”.
No deja de ser sintomático que el Decreto de Habitabilidad vigente prohíba tender la ropa directamente en la calle, corroborado por las ordenanzas municipales de uso de los espacios públicos. Ni siquiera se permite que se pueda ver la ropa tendida, aunque no cuelgue directamente en la vía pública. Todo esto convirtió los interiores de manzana y los patios de luces en los espacios herederos de los antiguos lavaderos, donde poder sintonizar “radio patio”.
Pero si hoy en día ya nadie se agarra el bajo del pantalón y las ordenanzas nos hacen sustituir los lavaderos por secadoras, ¿dónde haremos lavadero? ¿Qué espacios nos brinda hoy la ciudad para cotillear y generar sentimiento de comunidad? ¿Dónde conoceremos a nuestros vecinos lo suficientemente bien para que un día nos cuiden a nuestros hijos o nos ayuden a hacer la compra?
Parece que la respuesta pasa por una necesaria ralentización de nuestras vidas, aunque hay quien lo llama desaceleración económica. En otras palabras, una vuelta a la calma que nos permita rediseñar los espacios de encuentro de nuestras viviendas y ciudades con la necesaria perspectiva.
Recientemente, en el programa de televisión Objetivo Planeta, el presentador Lorenzo Milá trataba el asunto de la desaceleración junto a los invitados Antonio Turiel y Fernando Valladares, ambos reconocidos científicos del CSIC y divulgadores de la lucha contra el cambio climático y la transición energética. Valladares confesaba que la vida urbana nos ha sacado tanto tiempo que hemos tenido que subcontratar tareas domésticas que antes realizaban nuestras madres y abuelas. Y reclamaba recuperar tiempo para pasar la tarde en compañía de nuestros hijos para coserles el bajo del pantalón.