Enric y Agustí
Publicado en la revista Línea el 28 de octubre de 2024
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El Mercado de Santa Caterina, de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue. Fotografía aportada por el autor
El Mercado de Santa Caterina, de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue. Fotografía aportada por el autor
Es posible que haya gente que no sepa quién fue el arquitecto Enric Miralles Moya, pero si les explico que fue el autor de proyectos como el edificio de Gas Natural, el Parque de Diagonal Mar o el Mercado de Santa Caterina, en Barcelona, seguro que la mayoría lo reconocerá o habrá estado incluso en alguno de ellos.
Enric Miralles, pese a morir muy joven a 45 años, fue un autor prolífico que trabajó por toda Europa y el resto del mundo. En sus inicios lo hizo con la arquitecta Carme Pinós, que además fue su primera esposa, con quien diseñó el cementerio de Igualada, su obra en común más conocida y alabada.
En esta época, pese a su juventud, llegó a participar en algunos proyectos de la Barcelona olímpica de 1992, como en los pabellones de tiro con arco del Vall d’Hebron o las pérgolas centrales de la avenida Icaria, en la Villa Olímpica. La plasticidad de sus obras es claramente reconocible y distinta a la de otros arquitectos de su época. Incluso hay quien quiso ver en Miralles al nuevo Gaudí de la arquitectura catalana.
Obras como el Parlamento de Escocia, en Edimburgo, o el sonado Pabellón de Deportes de Huesca pertenecen a un convulso período posterior, ya en solitario, marcado por el derrumbe de la cubierta de este último edificio, en plena madrugada, cuando sólo quedaban unos meses para inaugurar la obra. La caída de la cubierta de Huesca fue un antes y un después en la carrera de Miralles. La búsqueda de culpables de ese maldito suceso hizo aflorar la figura del arquitecto que siempre diseñó y calculó las estructuras de todos sus edificios, Agustí Obiol Sánchez, una persona desconocida para el gran público, pero con un enorme prestigio dentro de la profesión.
El tiempo acabó demostrando que el edificio cayó por una mala ejecución: habían puesto al revés las armaduras que anclaban el peso de la cubierta en los cimientos, y acabaron cediendo.
En su hermanada búsqueda de la ingravidez, la desgracia de Huesca distanció a Enric y Agustí para siempre
Pero el daño estaba hecho. Más de un año y medio de juicio y las presiones políticas y económicas que se derivaron acabaron hundiendo en una profunda depresión a Agustí, el prestigioso estructurista de Enric, que tardó un año en sobreponerse’ hi. La vida es dura, escribió años después.
Agustí fue un estudiante prodigioso, según explican. No bajaba de la matrícula de honor en la carrera, y en el quinto y último curso de los estudios ya daba clases a los del curso inferior de estructuras, lo que enseguida atrajo el interés de profesores y profesionales de la arquitectura. El arquitecto Robert Brufau Niubó, algo mayor que él, vio en seguida a Obiol un puntal imprescindible para el diseño y el cálculo de estructuras, y un socio para toda una vida.
La relación de Enric Miralles y Agustí Obiol surgió en los primeros trabajos como la de dos personas predestinadas a conocerse: uno encontraba en el otro lo que le faltaba y ambos creían que el otro era el mejor. Una mezcla de admiración, respeto y fascinación, con la diferencia de que Enric era el que salía a escena, mientras que Agustí sostenía la tramoya entre bastidores. Robert Brufau, el socio de Agustí, explica que Enric solía llamar por teléfono para saber si Agustí estaba nervioso, si caminaba deprisa de arriba abajo del despacho y si fumaba mucho. Si la respuesta era afirmativa, se plantaba en el despacho de Agustí para inventar y solucionar la estructura del edificio. Lo necesitaba así, en tensión y alerta. Una relación hipnótica y absorbente que hacía aflorar la mejor versión de ambos.
Los creativos diseños de Enric y Agustí eran un ejercicio de equilibrio donde nada se apoyaba donde se suponía que debía apoyarse. Un desencaje espacial y una redefinición de los elementos clásicos –pilar, viga y cobertura– que, a partir de pequeños movimientos, conseguían un mágico efecto de ligereza. La pérgola de la plaza del Ayuntamiento de Parets del Vallès se sofisticó más tarde en la solución de la de la avenida Icària y sumó un grado de complejidad en la cubrición del Mercado de Santa Caterina.
En su hermanada búsqueda de la ingravidez, la desgracia de Huesca distanció a Enric y Agustí para siempre. Cuando siete años después murió Miralles, Obiol repetiría: la vida es dura.
Estos días se conmemora un año de la muerte de Agustí Obiol. El pasado 23 de octubre, la Escuela de Arquitectura de Barcelona celebró un acto para recordarlo, en el que acudió una parte representativa de sus compañeros de profesión y de universidad.
Su socio Robert Brufau clausuró el acto con una emotiva charla que tituló precisamente cómo se titula este artículo: Enric y Agustí. Desgranó detalles de sus diseños arquitectónicos y de su relación personal, donde uno era el alter ego del otro. Y una sonora ovación cerró sus últimas palabras: Enric era Agustí.
La vida es bella.