Lo que hemos heredado

Publicado en la revista Linia XARXA el 6 de junio de 2023

Imaginen que entran en una tienda de ropa para comprarse [...]

Rue Condorcet, en Burdeos, con los bloques residenciales rehabilitados al fondo.

Rue Condorcet, en Burdeos, con los bloques residenciales rehabilitados al fondo.

Imaginen que entran en una tienda de ropa para comprarse una chaqueta nueva. El vendedor les escucha atentamente, pero no quita ojo a la que llevan puesta. Tras sus explicaciones y sabiendo que se juega la venta, les explica que ya tienen una chaqueta estupenda. La tela, argumenta, es de las que ya no se hacen y las costuras están hechas a mano, con un porte y una caída magníficos que no lograrán si compran una nueva. Termina convenciéndoles para que se la dejen unos días, coser un botón que falta, lavarla y plancharla.

Una situación similar a esta ficticia que, seamos honestos, nos gustaría que ocurriera más, sucedió de verdad en Burdeos en 1996. Unos arquitectos jóvenes, poco conocidos entonces, Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal, recibieron el encargo de remodelar la plaza Leon Aucoc, al sur de la ciudad. Encontraron un lugar que, en sus propias palabras, “ya era bonito por su autenticidad, sin sofisticación”. “Tenía la belleza de lo evidente, necesario y justo. Pasamos algunos días visitándolo y hablando con los vecinos, y finalmente decidimos reponer la grava y podar los tilos”, detallaron.

Con el tiempo, esta anécdota adquirió rango de categoría y ha sido contada recurrentemente en las escuelas de arquitectura. Lacaton y Vassal hicieron de esta forma de mirar lo construido una manera de practicar su oficio. En 2019 recibieron el premio europeo Mies van der Rohe, junto con Frédéric Druot y Christophe Hutin, por la no menos sonada rehabilitación de 530 viviendas en bloques residenciales que el gobierno francés pretendía demoler, en la misma ciudad donde los arquitectos indultaron la plaza.

Cuando en 2021 recibieron el premio Pritzker, una de las más altas distinciones en arquitectura, el pabellón Mies de Barcelona les dedicó una exposición, Never demolish (Nunca demuelas), donde se invitaba a considerar el potencial de lo construido en términos de valor patrimonial y de energía acumulada. No estamos precisamente para desperdiciar energía.

Las personas tardamos años en darnos cuenta de lo que hemos heredado. Heredamos una vivienda o bien una hipoteca por pagar. Heredamos una cuenta bancaria, pero también una deuda con Hacienda. Con el tiempo, terminamos viendo a nuestros padres al mirarnos en el espejo y nos damos cuenta de que todo, bueno o malo, es herencia.

Otorgar a las cosas una segunda oportunidad es, además de un ejercicio de responsabilidad, una muestra de inteligencia práctica

También heredamos nuestras ciudades. Los gobiernos municipales, autonómicos o el propio Estado elaboran listas de edificios y plazas “protegidos por Patrimonio”, y la UNESCO, organismo internacional, otorga a algunos la calificación de “Patrimonio de la Humanidad”. Tendemos a pensar que, si está protegido, debe ser algo bueno que hay que preservar, y que, si no lo está, se puede demoler sin miramientos.

Sin embargo, la lección de Burdeos nos muestra que hemos heredado todo lo que existe. Todo es patrimonio. Visto así, quizá no deberían existir calificaciones patrimoniales.

Otorgar a las cosas una segunda oportunidad es, además de un ejercicio de responsabilidad, una muestra de inteligencia práctica en un momento en el que llenamos la boca con palabras como sostenibilidad o ahorro energético. No se trata de conservadurismo paralizante sin más, sino de aprovechar y utilizar lo que existe como base para generar algo nuevo que, de otra forma, nunca habría podido existir. No es tanto abrir la nevera y recalentar lo que queda del día anterior como inventar un plato nuevo con las sobras. Entender en este contexto el trencadís del modernismo o la escoria de los hornos de fundición que recubre las fachadas de la Cripta de la Colònia Güell.

En este sentido, el proyecto de los arquitectos franceses es ejemplar, ya que no se limita a una reparación estructural para arreglar las goteras, que, por supuesto, debía haber muchas. La estrategia consistió en la construcción de unas terrazas cerradas, apoyadas en el suelo, que reforzaron los edificios, algunos de ellos muy inestables, creando una galería que, además, proporciona aislamiento térmico a los edificios. Vistos desde fuera, nadie diría que son los antiguos bloques que ya existían.

Pero quizá lo más interesante es la renovación espacial que se ha conseguido. Estas galerías han regalado más espacio a unos bloques con viviendas muy pequeñas que proliferaron entre los años 50 y 70 del siglo pasado en muchas ciudades europeas. Una herencia de nuestra cultura difícil de gestionar por la gran cantidad que se construyó en pocos años y que acabó albergando a muchas familias con el boom demográfico de los 70. La valentía es no mirar hacia otro lado y afrontar el problema que hemos heredado. La magia es hacerlo simplemente podando un poco los tilos.