Otro coloso en llamas

Publicado en la revista Comunicación21 el 12 de marzo de 2024

La tragedia de Valencia del pasado 22 de febrero nos [...]

Escena de la película El coloso en llamas, de 1974, del director John Guillermin.

Escena de la película El coloso en llamas, de 1974, del director John Guillermin.

La tragedia de Valencia del pasado 22 de febrero nos trae a la memoria las imágenes recientes del incendio de la Torre Grenfell, en Londres, en el 2017.

Es sorprendente la enorme similitud entre ambos, tanto por la rapidez con la que se expandió el fuego como por los materiales que recubrían la fachada, casi idénticos, así como por el origen de ambos, que al parecer fue un cortocircuito en un frigorífico en el caso de Londres y, aunque en un inicio se pensó que en el de Valencia podía haber estado en un toldo exterior, parece que también fue en una nevera. Macabra coincidencia.

Como de costumbre, las prisas por informar y las ganas de convertirlo todo en un espectáculo dieron como resultado algunas escenas que podían habernos ahorrado. Movidos por la noticia de tener otro coloso en llamas, consagrados jefes de informativos de algunas cadenas se trasladaron personalmente al lugar de los hechos para describir con lujo de detalles el olor a quemado del edificio.

Mientras, daban por concluido que el responsable de la rápida propagación del fuego era el poliuretano, el aislamiento térmico en la cámara exterior del edificio, cuando finalmente se descubrió que en realidad no era así, puesto que se trataba de lana de roca, que es incombustible, tal y como ya se veía en las imágenes en directo.

Pero de toda esa precipitación, lo que probablemente llamó más la atención fue la rapidez con la que se extendió la conclusión de que los promotores se habían ahorrado costes en la construcción, lo que inducía a pensar que éste fue el verdadero origen del incendio: la codicia de los promotores. En tono de denuncia, en algunas cadenas de televisión se llegaron a emitir los vídeos de la promoción de la venta de las viviendas, donde se aseguraba que se utilizarían materiales de alta calidad, insinuando que finalmente no fue así.

Ésta es una acusación recurrente: los constructores, o los promotores, se ahorran dinero a los materiales hasta el punto de poner en peligro la propia edificación. Una escena que aparece precisamente en la película El coloso en llamas, de 1974, de John Guillermin, donde un enojado Paul Newman, en el papel de arquitecto de la torre, viendo la irremediable progresión del incendio estalla en reproches y gritos contra el promotor de las obras, acusándole de haber reducido costes a base de ahorrar calidad en la instalación eléctrica y en el sistema de extinción de incendios.

Es una acusación recurrente: los constructores, o los promotores, se ahorran dinero a los materiales

Hoy sabemos que el bloque del barrio del Campanario de Valencia ardió por una confluencia de factores que poco tuvieron que ver con el abaratamiento de costes. La fachada era una solución cara en comparación con otras convencionales, quizás con la voluntad de darle un aire sofisticado, más propio de unas oficinas o de un complejo turístico. Pero no fue hasta el incendio de Londres del 2017 que se descubrió que el emparedado de aluminio y plástico que recubría el exterior, ayudado por la cámara de aire del edificio sin interrupciones, propaga el fuego con rapidez. Se descubrió, además, que, al contrario de lo que ocurre en un incendio normal, en este caso se extiende en dos direcciones, hacia arriba, pero también hacia abajo, porque el material se funde en gotas inflamables que propagan el fuego a plantas inferiores y dificultan el acceso de los Bomberos.

Hoy es una solución prohibida, pero cuando se construyó el edificio de Valencia no se tenía esa certeza. De hecho, el juzgado que lleva el asunto para investigar posibles negligencias ha sobreseído el caso recientemente por no encontrar indicios de delito.

Por otro lado, hemos sabido que el bloque tenía una adecuada instalación de extinción de incendios, con una columna seca, una tubería vertical vacía donde los Bomberos conectan el agua para alimentar todos los rellanos y facilitar su apagado. Por desgracia, ni siquiera estas medidas de seguridad funcionaron en las viviendas de Valencia, dada la rapidez del avance de las llamas, avivadas por el fuerte viento ese día fatídico.

La experiencia de Londres cambió la normativa en casi todos los países y aquí se modificó en el 2019, pero eso no impide que todavía haya algunos edificios así construidos.

La historia nos demuestra que, de vez en cuando, los incendios ocurren. Algunos, en el pasado, arrasaron ciudades enteras: Chicago, Tokio, Londres o París. ¿Quién podía imaginarse que una catedral como Notre Dame, mayoritariamente construida en piedra, quemaría de ese modo hace sólo cinco años? Algunos escenarios se intentan prever y la tecnología nos ayuda a simular la realidad con ensayos de fuego y pruebas de resistencia. Sin embargo, no todas las circunstancias de un incendio real son reproducibles en una prueba ya veces se regula tras un accidente como el de Valencia. Lo cierto es que la de incendios es la normativa más estricta de las que hay en la construcción, y no es lógico pensar que sea algo que profesionales responsables se salten a la torera.

A los técnicos nos toca pensar más allá de las regulaciones, intentando imaginar errores de la propia ley para adelantarnos y evitar desgracias como ésta.

Y a los medios de comunicación les corresponde informar de forma responsable en tan delicadas circunstancias, con pérdidas de vidas humanas, evitando un espectáculo digno de una película de Hollywood.