¡Qué cara!

Publicado en la revista Línea XARXA el 5 de octubre de 2023

Cuando en 1997 se inauguró en Bilbao el museo Guggenheim, [...]

Un enorme busto del escultor Jaume Plensa presidiendo la fachada de la Pedrera la primavera del 2023. Fotografía del autor

Un enorme busto del escultor Jaume Plensa presidiendo la fachada de la Pedrera la primavera del 2023. Fotografía del autor

Cuando en 1997 se inauguró en Bilbao el museo Guggenheim, del arquitecto norteamericano Frank Gehry, hubo un consenso prácticamente unánime en la profesión, pero también entre el público en general, sobre la calidad arquitectónica de la obra. No sólo porque mostraba una trayectoria coherente de investigación del propio autor del proyecto, sino porque la edificación sintetizaba de forma poética el pasado siderúrgico e industrial de la ciudad.

Varado sobre la orilla de Bilbao, el edificio de acero retorcido y recubierto de escamas de titanio se mostraba como una alegoría de los desaparecidos astilleros Euskalduna y de los Altos Hornos que rodeaban la ciudad y que, durante un largo período de la su historia, fue teñiéndola de humo y de sombra.

Por eso nadie entendió que años más tarde, en medio de un campo de viñedos de La Rioja, apareciera un edificio igual. Y otro en Minnesota y otro en Los Ángeles… El contexto cultural, geográfico e histórico que parecía haber guiado. la concepción del edificio en Bilbao no era tan evidente en el resto de edificios clónicos que fueron apareciendo en los años que rodearon la propuesta vizcaína.

Esta pasada temporada primavera-verano de 2023, la Pedrera de Gaudí acogió una muestra retrospectiva de la obra de Jaume Plensa. Una exposición interesante por su innegable calidad artística que utilizaba como reclamo un enorme busto de color blanco situado en la acera. del chaflán frente al paseo de Gràcia de Barcelona. Una figura a la que ya nos tiene acostumbrados el autor y que se situaba a escasos metros de otra de permanente, prácticamente idéntica, esta vez de color de bronce, en la esquina del Palau de la Música Catalana, en la pequeña plaza de Lluís Millet, justo donde se abre en la Via Laietana.

Hemos visto bustos similares en Nueva York, en Venecia, en Madrid o en Río de Janeiro. Algunos temporales y otros permanentes que, por repetición, acaban convirtiendo el paisaje urbano en una peculiar Isla de Pascua con ‘Moais’ al gusto de todos los públicos.

La duda, al igual que en el caso de los clones del Guggenheim, es si el proceso intelectual que conduce a la obra primigenia ha existido también en las repeticiones posteriores o se trata más bien de sacar el máximo rédito posible a un éxito popular que se ha vuelto icónico.

No hay ciudad que quiera prezarse, que no tenga su puente de Calatrava, su edificio retorcido o su figura súper obesa del fallecido Fernando Botero

En este juego no se prestan únicamente los autores de las obras. Gobernantes y alcaldes, deseosos de rentabilizar su mandato y de situar su ciudad en el mapa, mercadean con los logros mediáticos de otras latitudes.

No hay ciudad que quiera prezarse, que no tenga su puente de Calatrava, su edificio retorcido o su figura súper obesa del fallecido Fernando Botero

Visto en perspectiva global, por más que quieran vestirlo de otra manera, nuestras ciudades acaban siendo franquicias de estas obras, como lo son los Starbucks, los McDonald’s o las hamburgueserías Five Guys.

El interés que estas obras suscitan a nuestros políticos conlleva un doble peligro. un contexto diferentes. Por otro lado, fuerza a un irremediable acomodo de los autores que, nuevamente, va en detrimento del espíritu crítico y del riesgo intrínseco de cualquier acto creativo.

Sea como fuere, la ciudadanía recibe muchas veces una oferta cultural y un paisaje urbano uniforme a escala mundial y, a menudo, banalizado. Los arquitectos y creadores que luchan por tener voz propia y que, cuando ven aparecer un objeto repetido de estas características, deben pensar: “¡Qué cara!”