Repensar el litoral

Publicado en la revista Linia XARXA el 13 de enero de 2022

Cuando el 28 de octubre de 1848 se inauguró la [...]

Litoral de Barcelona. Fotografía de Kuba Bożanowski. Wikipedia

Litoral de Barcelona. Fotografía de Kuba Bożanowski. Wikipedia

Cuando el 28 de octubre de 1848 se inauguró la línea de ferrocarril Barcelona-Mataró (la primera de toda la península ibérica), pocos podían imaginar las incomodidades y contratiempos que implicaba esta decisión. Muy al contrario, eran tiempos de alegría y expansión económica, los albores del capitalismo y el final de una Revolución Industrial que culminaba con este formidable invento.

Pronto se multiplicaron las compañías que implantaron ferrocarriles en toda España, rendidas a su enorme capacidad de transporte de pasajeros y mercancías en comparación con las formas rudimentarias de tracción animal utilizadas hasta entonces. Por motivos técnicos, el rendimiento de estas locomotoras disminuía cuantos más vagones llevaban, limitando en consecuencia la pendiente máxima de estos “caminos de hierro”, por lo que siempre se buscaban, en el diseño de su trazado, lugares con poco desnivel.

El Mediterráneo y los grandes ríos han sido siempre los medios del comercio para el transporte de gran capacidad, así que las primeras líneas férreas siguieron costas y cuencas fluviales, conectando grandes puertos y ciudades. En pocos años se habilitaron miles de kilómetros de vías, muchas en paralelo, para duplicar la capacidad o la frecuencia de los viajes, así como vías muertas para la reparación y el mantenimiento de los trenes.

Este crecimiento dejó buena parte del territorio en situación marginal, literalmente “al margen” de la vía del tren. Una de las “cualidades” de las líneas férreas es precisamente la de separar territorios, dificultando su posterior conexión.

La invención del automóvil más tarde no hizo sino consolidar este crecimiento exponencial. Las carreteras y el asfalto complementaron la red de transporte ferroviario, casi siempre al lado del mismo trazado, con el ánimo de potenciar y conectar ciudades cada vez más polarizadas en el territorio. Hoy observamos, atónitos, cómo se acumulan estructuras viarias en altura en el paso entre Ciutat Meridiana y Montcada i Reixac, en el estrecho espacio natural entre Collserola y la Serralada de Marina.

Un territorio que aspire a tener un futuro equilibrado debe replantearse este crecimiento insostenible. Y, aunque parezca difícil, es posible.

Quizás, después de todo, el cambio climático nos obligará a ser sostenibles a la hora de repensar el litoral.

Algunos recordamos cómo se transformó el litoral barcelonés, de la mano de Oriol Bohigas, fallecido recientemente, y cómo se cambiaron playas de vías por playas de arena. ¿Quién no ha dicho o escuchado alguna vez que la Barcelona de antes de 1992 vivía de espaldas al mar? En una de sus múltiples entrevistas, Bohigas resaltaba la importancia de haber ganado esas playas como lugar público de ocio y esparcimiento. Hoy nadie imagina Barcelona sin este fabuloso legado para sus habitantes.

Esta es una asignatura pendiente de nuestro litoral en el Baix Llobregat, el Barcelonès y el Maresme. A la aparición, hace más de 170 años, del ferrocarril Barcelona-Mataró, se le sumó otra vía en sentido contrario y la carretera frente al mar. En este tiempo han surgido diferentes propuestas para trasladar las vías del tren, así como para pacificar o domesticar la N-II en el Maresme o descargar la C-31 y desviar el paso del tren en las poblaciones del Baix Llobregat. Sin embargo, pese a la aparición de rotondas y la reciente desaparición de algunos peajes, la inercia de estas infraestructuras sigue demasiado consolidada como para pensar en una transformación real del litoral. Hemos normalizado la desconexión de las poblaciones del Maresme con la costa, los estrechos pasos subterráneos para acceder a las playas, a menudo inundados, y los trágicos accidentes al cruzar las carreteras o las vías del tren.

Quizás el innegable cambio climático no nos dará más treguas. Debemos actuar y no tenemos mucho tiempo, dada la magnitud de la transformación que debemos emprender. Episodios como la tormenta Gloria o el temporal Filomena comienzan a ser peligrosamente asumidos por la población, que no terminamos de comprender que son la antesala de un verdadero reto para la humanidad. A menudo hemos escuchado la necesidad de adaptarnos al cambio climático y la respuesta llega, casi siempre, en forma de placas fotovoltaicas o consumo “responsable”, pero hay pocos estudios serios sobre la relocalización de ciudades y asentamientos humanos debido al aumento del nivel del mar causado por el calentamiento global y el deshielo polar.

Tras los tímidos apoyos en la COP26 de los países más contaminantes, nuestros litorales deben comenzar a repensarse con urgencia. Quizás seamos capaces de evitar un aumento drástico e irreparable del nivel del mar, pero ya es evidente que los estragos de los continuos temporales inutilizan vías y carreteras.

Existen numerosos estudios sobre el traslado del tren y las carreteras hacia el interior, algunos tan curiosos como el de tunelar las vías bajo la C-32 o pasarlas sobre el mar en un viaducto sobre pilares. Sin embargo, el crecimiento longitudinal de las poblaciones del Maresme a lo largo de la carretera y las vías del tren permite crear nuevas centralidades en la parte posterior de los municipios, cerca de su centro gravitatorio, con la aparición de nuevas estaciones y concentración de actividad económica y urbana, compensando el posible beneficio (o gentrificación) que producirá la desaparición del tren y la carretera en los barrios frente al mar.

Podemos acostumbrarnos a convivir durante años con el tren y los coches pasando frente a nuestras playas, pero no será posible enfrentarnos a la magnitud de estos cambios de la naturaleza sin una relocalización de las infraestructuras de nuestras costas. Esta vez no habrá unas Olimpiadas que nos obliguen a transformar el territorio. Quizás, después de todo, el cambio climático nos obligará a ser sostenibles a la hora de repensar el litoral.