Una casa para acabar
Publicado en la revista Comunicació21 el 29 de mayo de 2024
![Santo Jerónimo en su estudio. Antonello da Mesina, 1474. Aceite sobre mesa. National Gallery de Londres Días atrás, una conocida influencer de la arquitectura hizo pública [...]](https://hazarquitectura.com/wp-content/uploads/2024/05/san-jeronimo.jpeg)
Santo Jerónimo en su estudio. Antonello da Mesina, 1474. Aceite sobre mesa. National Gallery de Londres
Santo Jerónimo en su estudio. Antonello da Mesina, 1474. Aceite sobre mesa. National Gallery de Londres
Días atrás, una conocida influencer de la arquitectura hizo pública en las redes una extravagante propuesta de un despacho de arquitectura catalán con la sana intención de generar debate.
El proyecto consistía en la reforma interior de una vivienda donde, tras el derribo de la distribución original, la intervención parecía centrarse únicamente en situar unos muebles habitables, elevados del piso mediante patitas, dejando el resto tal cual.
Al primer vistazo, la imagen me recordó el famoso cuadro renacentista de Antonello da Messina San Jerónimo en su estudio, de 1474, en el que el santo aparece leyendo descalzo sobre una especie de baldaquino de madera en el interior de una catedral.
La escena se ha utilizado en infinidad de ocasiones en las escuelas de arquitectura para explicar la necesidad de crear lugares acogedores, a medida del ser humano, incluso dentro de otros espacios de mayor tamaño. El escritor francés Georges Perec explicaba precisamente este mismo cuadro de forma exquisita en su libro Especies de espacios quinientos años después, en 1974, recreándose en los detalles que ponían en evidencia la domesticidad que el mueble conseguía otorgar a ese lugar inhóspito.
Sin embargo, el debate que generó en los medios la reforma de la vivienda no iba tanto por ahí. No se discutía la capacidad o no de estos objetos de hacer habitable el espacio, sino más bien la radicalidad de haber dejado el resto de la vivienda con aspecto de derribo.
Tanto la pregunta que se lanzó como los comentarios de los espectadores iban en este sentido: ¿qué le parece dejar los materiales así tal cual? ¿Le gusta esta estética inacabada?
La propia construcción de los muebles parecía redundar en esta imagen calculadamente descuidada del resto de la vivienda, dejando los materiales de relleno aislante (lana de oveja) a la vista, lo que hace que nos preguntemos, no sólo por la durabilidad de estas superficies, sino incluso por su dudosa higiene en un espacio doméstico.
No debemos confundir dejar una casa sin acabados con no terminar del todo la casa
Volviendo al cuadro de Sant Jeroni, lo que motiva la necesidad de crear un subespacio acogedor mediante un mueble es el tamaño desproporcionado de la iglesia en relación con la escalera humana, lo que claramente no ocurre en la vivienda a reformar, ya que éste ya tiene una proporción y una escala adecuadas. Además, en las iglesias el suelo suele ser frío, y el baldaquino elevado de madera permite precisamente a San Jerónimo descalzarse para leer cómodamente. Los autores de la reforma utilizan el argumento de la «caja dentro de otra caja» (hoy se ha popularizado como box in box) para explicar un mejor comportamiento climático. Pero esto no es cierto: un apartamento de 50 metros cuadrados en un bloque de viviendas es ya una caja dentro de otra caja. Hay intervenciones arquitectónicas que han explorado con mayor acierto la estrategia del box in box.
En la reconversión de espacios industriales, por ejemplo, donde el espacio a climatizar es enorme en relación con el espacio a habitar, puede llegar a tener sentido construir una caja interior climática y dejar el resto del volumen templado, sin gasto energético . Es el caso de la reforma de las oficinas Galenicum en Esplugues de Llobregat, de H arquitectes, donde, además, los espacios “sobrantes”, por su tamaño, tienen capacidad de albergar un programa alternativo complementario al de los espacios de trabajo que no tienen tanto requerimiento térmico: salas de reuniones, lugares de descanso, etc.
Hay otros proyectos en los que la inversión económica en confort climático prima por encima de la inversión en revestimientos o acabados. Es el caso, por ejemplo, del Palais de Tokyo, en París, donde los arquitectos Jean Philippe Vassal y Anne Lacaton rehabilitaron un antiguo edificio de entreguerras como museo para la creación de arte contemporáneo.
Los autores remodelaron el edificio, reforzaron la estructura, la protegieron contra el fuego e instalaron un sistema de clima eficiente. La lectura atenta del proyecto permite apreciar que no gastaron dinero en acabados interiores porque su uso lo permitía y la necesidad de redistribuir el edificio lo desaconsejaba. La estética inacabada, en este caso, se fundamenta en la priorización del confort térmico y el uso del edificio como contenedor y expositor, donde el protagonista es la actividad cultural o el objeto de arte más que no el espacio en sí mismo.
Sin embargo, no debemos confundir dejar una casa sin acabados con no terminar del todo la casa. Una casa sin terminar, de hecho, es algo muy práctico, como lo son la mayoría de nuestras casas: un conjunto de habitaciones y espacios que van cambiando a medida que cambian nuestras necesidades. Una casa sin terminar nos permite crecer en los momentos de nuestra vida en los que requerimos más espacio o decrecer cuando ya no necesitamos tanto.
Recientemente, tuve ocasión de conocer la casa de Bruno Sauer, arquitecto director del GBCe, y su esposa Paula. Situada en el límite de la huerta valenciana, en Rocafort, nos explicaron que, en realidad, su casa es la historia del crecimiento del jardín que le rodea. Una naturaleza domesticada que en determinados lugares germina y ofrece espacios a la sombra, donde la casa se abre y coloniza el jardín, y otros donde degenera y se marchita esperando su momento de florecimiento. Nos mostraron, ilusionados, zonas en barbecho donde quieren trasplantar algunas especies con la esperanza de que las trepadoras generen nuevos lugares para las luciérnagas con vistas a la huerta. Y nos obsequiaron con una deliciosa cena recién cosechada, en su acogedora casa, siempre por terminar.