Cornucopiae finem

Publicado en la revista Linia XARXA el 29 de septiembre de 2022

La cornucopia de Amaltea, la cabra que, según la leyenda [...]

Sótanos excavados bajo el césped del remodelado estadio Santiago Bernabéu. Fotografía Manuel Sánchez-Villanueva Beuter

Sótanos excavados bajo el césped del remodelado estadio Santiago Bernabéu. Fotografía Manuel Sánchez-Villanueva Beuter

La cornucopia de Amaltea, la cabra que, según la leyenda de la mitología griega, amamantó a Zeus y de la cual brotaban sin parar frutas y flores, se ha vaciado.

Después de casi 3.000 años desde que Hércules la ganara en batalla al dios Aqueloo, la humanidad despierta atónita del sueño lujurioso de la depredación.

“Estamos viviendo el fin de la abundancia”, afirmaba el pasado agosto Emmanuel Macron a la salida del consejo de ministros del país vecino. Más allá del rechazo que nos puedan provocar las palabras de un político que seguramente no se priva de nada, la frase resume la constatación del fin de un sistema. Un sistema capitalista basado en el expolio de recursos naturales y la generación de bolsas de pobreza con cada vez más vencidos que vencedores, hasta que al final no quede ningún ganador. Las conclusiones del Foro de Davos en 2009 eran que solo el 1% de la población mundial ostentaba el 44% de la riqueza mundial. En 2019, ese 1% ya dominaba el 99%. Una auténtica reedición del Elíseo.

Las recetas que intentan paliar este desastre chocan con una realidad y una inercia basadas en el crecimiento difícil de frenar. Al mismo tiempo que recibimos las ayudas más grandes de la Unión Europea, en forma de fondos Next Generation, asistimos impertérritos a proyectos como el de la remodelación del estadio Santiago Bernabéu, donde, además de la cobertura de la pista, se construyen seis niveles de sótano de 30 metros de profundidad para guardar el césped en bandejas. Imaginen los recursos utilizados para excavar y construir eso, bajo un estadio ya construido. Imaginen las explicaciones que lo justifican.

“Recursos finitos” ha sido precisamente el título del workshop que la Escuela de Arquitectura del Vallès (ETSAV) ha celebrado este mes de septiembre en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) como inicio de curso. Ponentes de lujo como las arquitectas Mar Santamaría y Blanca Pujals ofrecieron inspiradoras charlas, brindando herramientas para mirar y diagnosticar situaciones urbanas y señalar la creciente artificialización de nuestro mundo. Pujals explicaba que en la estructura clásica de configuración de nuestro planeta –exosfera, estratosfera, troposfera– se detecta, y actualmente es medible, una capa de origen exclusivamente humano, la tecnosfera, que a diferencia de las otras esferas no trabaja en equilibrio con el resto, sino que las depreda. La utilización indiscriminada y sin sentido de recursos naturales ha alterado el equilibrio de nuestro planeta, ralentizando las corrientes marinas o derritiendo el hielo almacenado en los polos y otras regiones.

El taller de la ETSAV tomaba como escenario Ciutat Vella, sede del CCCB y origen de la ciudad de Barcelona, trabajando con los recursos más básicos de nuestro entorno: aire, agua, vegetación y fauna, pero también con otros que no solemos identificar como fuente de aprovisionamiento, como las basuras y todo aquello que nos sobra.

Las recetas que intentan paliar el desastre chocan con una realidad y una inercia basadas en el crecimiento difícil de frenar

Las propuestas de los alumnos de la ETSAV denunciaban de manera imaginativa cosas conocidas, como el consumo absurdo de agua embotellada. Plantados en medio de las Ramblas y vestidos como camareros, ofrecían vasos de agua de las fuentes del barrio como un auténtico producto de lujo. Bajo el lema “más fresca que la nieve, viene directa del Pirineo”, hacían ver a los transeúntes el fabuloso sistema de conducción y tratamiento de agua que la humanidad ha diseñado y que inconscientemente despreciamos, consumiendo plástico y combustibles fósiles para su transporte.

Otro grupo denunciaba los desechos que genera nuestra frenética actividad consumidora. Les pidió a las personas que paseaban por la calle que le dieran sus tiques de compra recientes, con los cuales empapeló una fachada entera de Ciutat Vella. La simple observación de la dimensión del empapelado, que además es registro fiel de todas las compras realizadas, producía verdadera vergüenza. ¿Cuántas de esas cosas son prescindibles? ¿Cuánto tardarán en llenar nuestros cubos de basura?

Algunos estudiantes se dedicaron a medir la ciudad, armados con simples molinetes de aire como sensores eólicos, relacionando la velocidad del aire con los cambios en la geometría urbana. Descubrían así métodos sencillos para diseñar espacios agradables y frescos en verano, combinados con vegetación. Una auténtica lección que nos enseña que a menudo no se necesitan herramientas muy sofisticadas para generar conocimiento y tener criterio.

Quizás la propuesta más impactante fue la que sugería utilizar como un auténtico recurso alimentario algo que todos identificaríamos como una plaga, y no solo en Ciutat Vella, sino en prácticamente cualquier ciudad: las cucarachas. Es sabido que los insectos son una importante fuente de proteínas, considerada por la OMS como una alternativa seria para la alimentación de una creciente población mundial. Son consumidos de diversas maneras en otras culturas como la asiática y los tenemos en abundancia.

Solo es una cuestión cultural. Un cambio de punto de vista que nuevas generaciones de estudiantes de arquitectura nos proponen adoptar. Una nueva manera de comportarse y de mirar que quizás nos permitirá ver la cornucopia medio llena.